Polvo para Pies, Talco para Hornear Llevo la boca pastosa y la mirada sosa, tardo minutos en contestar las preguntas o siquiera decir algo a mi favor, por eso mamá piensa que estoy alucinado, porque no me defiendo con la autoridad recalcitrante de un inocente y me infunde un sermón hasta que por fin, dado el letargo del sueño que ella ha interrumpido y por lo que sin duda la querré menos, digo: «de qué hablas, mamá, no entiendo a qué te refieres». Mientras, pego una risita de culpable de que todo le vale un bledo. Mamá me mira y por poco se echa a llorar; lleva, ahora que veo, una bolsa con un polvillo blanco dentro, supongo la razón de esta tertulia mañanera e inoportuna. Me enseña la bolsita semitransparente, y me dice, todavía consternada: «ayer encontré esto entre tus cosas», y me enseña esa cosa que lleva en esa mano que de niño no hacía más que brindarme cariños y reprimendas. No sé qué decir. Las cosas más triviales, al menos en mi caso, facilitan el ponerme en jaque ante mis seres más queridos, justo en situaciones comprometedoras e infumables como ésta. «Esto no significa nada, mamita», le digo, y le doy un besito en la frente para calmar los ánimos. Ella aún no me cree, o se hace a la que no entiende, porque todos saben que me he dedicado con ahínco e ímpetu de consola y parroquiano, a poner mi modesto granito de arena en la finalidad de tener una vida licenciosa, de juergas y orgías, de barateces —ya sean alcoholes, ya sea pornografía, ya sean drogas— de las que es obvio, no estoy orgulloso. Ella no parece estar enojada conmigo, creo que en el fondo le inspiro lástima. De cualquier forma, me quiere, así no le inspire orgullo. Mamá bordea los cincuenta años y yo bordeo la locura. «Todo tiene una explicación», le digo, «eso, lo que llevas en las manos, no es más que polvo para pies; en serio, polvito para pies, no talco para hornear. Es que entre los exámenes, el estreñimiento y los hongos en las patas, me puedo morir del estrés, mamita». Mamá asegura, luego de mostrar un gesto condescendiente y replegarse en un mohín tolerante, que entró anoche a mi dormitorio en mi ausencia (ni más le dejo la llave de mi dormitorio, ¡ni más!), hurgó entre papeles, cuentos —que asegura no haber leído quizá porque le da vergüenza que yo, su hijito, escriba cochinadas de perros vagos y lujuriosos (uso sus palabras) y lo peor de todo: «¡sobre drogas!»—; además, tuvo tiempo para averiguar qué cursos estaba llevando en la universidad (porque no suelo contarle a mis padres cómo me va en la vida académica), indagando en el fichero que guardo en la clandestinidad de mis libros más leídos, y se sintió preocupada al encontrar en mi mesa de noche, allí donde reposan mis libros de cabecera (casi todos los de Bukowsky, Bayly y Biología, todos con B): un depilador útil para féminas, una radio portátil en donde escucho mi música favorita, un espejo de conveniente tamaño, y una bolsa de polietileno que contenía un polvillo sospechoso que, según había escuchado en la televisión, radio y leído en revistas y diarios; pensó que podría tratarse de cocaína. |
Mamá entró en shock, se puso como trompo la pobre, y, me cuenta todavía consternada porque no me cree del todo, se echó a llorar pensando en qué pudo haber fallado como madre (en nada, mamá, en nada), y decidió guardar el secreto (y el polvillo) antes que contárselo todo a papá. (Hiciste bien, mamá, nunca tan bien pensado, te lo agradezco). «Cómo crees que yo voy a consumir esa porquería, mamá; además, y si suponemos que lo que dices es verdad, ¿dejaría cocaína en mi mesita de noche sabiendo que tú guardas mis llaves más íntimas?. Al mismo tiempo, crees que yo, sin tener un centavo, ¿tendría esa cantidad inquietante de droga?. Dame eso, yo te voy a demostrar que estás equivocada (porque mamá, no tienes que sentirte mal porque hasta Dios se equivocó, ¿para qué miércoles sirven las moscas, para qué coño sirvo yo?)». Y mientras eso, no lo pienso ni lo dudo, menos medito si me he lavado los pies para hacer lo que hace tiempo he debido hacer frente a mamá, me atrevo a echarme a los pies ese polvo blanco que no lleva aroma, para que sirva de coartada y poder decirle a mamá que todos en algún momento se pueden equivocar, para ganarme la confianza que aparentemente he perdido frente a esa mujer que se preocupa por mí no sólo porque me dio la vida, sino también porque dice quererme. Agrego: «si en realidad esto fuera coca, y tú sabes lo cara que está, tú crees que yo, adicto como muchos me pintan, drogadicto como no pocos me acusan, ¿me la rosearía en las patas?».
Ella dice, aliviada y menos mortificada de lo que tendría que estar y más tranquila porque Dios existe: «disculpa, hijo, te juro que me muero si algo malo les llega a pasar a ustedes que son lo que más quiero en la vida», y me da un beso compasivo, y continúa: «ojalá, hijo, ojalá que lo que tú dices sea cierto, yo te voy a creer, pero prométeme una cosa: nunca, pero nunca, te vas a dejar llevar por las drogas, los malos amigos y las malas juntas, ¿ya, hijito?». «Ya, mamá. Está bien, te haré caso, te lo prometo». Y la verdad es que ya no sé quién diablos soy porque nunca me vi, siquiera remotamente, prometiéndole algo a una mujer; promesa que tengo que cumplir a cabalidad porque es mamá con quien estoy hablando, y porque me lo está pidiendo con paciencia y no quiero defraudarla, ya bastante ha hecho con hacerme el favor de traerme al mundo para ponerme a escribir cojudeces, vivir aburridamente a expensas de los malos vicios, y porqué no decirlo, también las malas mujeres. Entonces hago lo que nunca pensé hacer: uso el nombre de una santa popular en vano, y esperando que un ser superior allá arriba no se enfade conmigo (una vez más) prometo: «estaré tranquilo, mamita, lo juro por La Sarita».
Pero yo no estoy tranquilo: los putos exámenes, que se avecinan en manada y estoy seguro, terminaré copiando; el estreñimiento, que se marca con pulida nitidez en mi rostro de veterano escritor y frustrado trovador; pero sobre todo, los hongos en los pies, esos jijunas que no me dejan dormir (como tú en este caso, mamá) me van a matar de cólera, ¿no me vas a ayudar a remediar esta comezón?. Aparentemente te importa más que tu hijo muera intoxicado a que tu hijito muera de stress. Y con esto también, el sueño no concluido. Esto es demasiado. Ahora sólo quiero dormir, despertar y escribir. Pero para cuando lo haga —supongo de mejor humor que el que estoy llevando sobre el hombro a cuestas, dentro de dos horas o tres en el mejor de los casos—, pensaré en cómo haré para entenderte y hacerte caso, cumpliendo con mi promesa jurada en nombre de una santa del pueblo a mitad de esta mañana, porque es otra mujer quien me lo ha pedido, aunque ahora que lo pienso, no estoy muy seguro de que sólo por tener la menstruación y haber parido siete hijos, es suficiente para comprenderte, mamá.•
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