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n o · l e a · e s t o
Me Arrecho y Me Arrocho
por Fausto Dovogal


Esta es una confesión malsana, la declaración punible de un pajero impenitente. Como todo “manógamo” que se respete, tengo como chispas iniciales de la excitación a no pocas mujeres/diosas/musas que permiten mi tránsito por la avenida masturbatoria. Sin embargo, algunos de estos objetos del deseo causan en mí mucha vergüenza, porque fuera del mareo de la arrechura, veo con objetividad que estas inspiraciones pueden ser aberrantes hasta para un manolete como yo, orillado siempre hacia el gusto popular, sin clase ni estilo; pero me excitan. Entonces me arrecho y me arrocho.


Antes debo hacer una pequeña introducción para aquellos lectores que no conozcan el significado de los verbos “arrechar” y “arrochar”, de uso común en el lenguaje coloquial peruano pero que pueden sonar extraños por conocimiento o significado a los no pocos lectores pajeros(as), como su humilde redactor.

A r r e c h a r

Este verbo es común en Latinoamérica pero que guarda distintos significados según el país en donde se enuncie. En El Salvador, Bolivia, Panamá y Perú, “arrechar” significa excitarse sexualmente. En el Perú, su uso es casi exclusivo del masculino. Por ejemplo se dice: “estoy arrecho”, “arrechazo”, desde una voz masculina, pero no es común la voz femenina “arrecha”, salvo en el lenguaje lumpenesco. En otros países como Ecuador o Colombia, además significa decisión, valentía, agresividad: “Ese tío no tiene miedo, es un arrecho”. En Venezuela, en donde este verbo se usa con mucha frecuencia, denota también dificultad: “Va a estar arrecho hacer eso”.

En el Perú “arrecho” también puede significar una condición existencial, es decir, no solamente se está arrecho, sino que se puede ser un arrecho, vivir arrecho. Un arrecho puede ser un pingaloca (clásico adjetivo binomio para sindicar al promiscuo), o también un reprimido o frustrado sexual (caso más cercano al autor), un tipo que “no-la-ve” hace mucho tiempo y en el que el sexo imaginario ocupa gran parte de su actividad cerebral. Escribiendo esto, ya estoy arrecho.

A r r o c h a r

He encontrado la existencia de este verbo en otros países de habla hispana y también en el portugués, pero ninguna definición se acerca a la peruana. Y es que “arrochar” deviene de la palabra “roche”, que en lenguaje vulgar local significa vergüenza, enrojecimiento facial. No existe consenso de su procedencia o formación, es probablemente un vocablo joven de no más de 30 años de invención. Una teoría indica que “roche” es una deformación de la palabra francesa “rouge” (rojo). Uno se “pone rojo” al sentirse avergonzado, entonces, por algún tipo de afectación al hablar se empezó a decir “te pusiste rouge”, “estás rouge”; como este vocablo francés se pronuncia “roush”, de allí a la deformación final “roche” no hubo mucho trecho. Ahora se utiliza en interjecciones: “¡Qué roche!”, o sino, “me da roche tal cosa”. Luego, múltiples variaciones: “No seas rochoso” significa “no me avergüences”. “Pasé roche” quiere decir “tuve un momento bochornoso”. Hasta finalmente verbalizar la palabreja con lo cual el verbo “arrochar” permite todas las conjugaciones posibles, siempre en el sentido vergonzoso del término.

M e · a r r e c h o · y · m e · a r r o c h o

Siento vergüenza por excitarme con algunas mujeres por motivos varios, ridículos y ocultos. Apuesto que esto mismo ocurre en la generatriz sexual de muchos lectores pero que no se atreven a exponer. La dificultad en encontrar una explicación lógica hace que ensaye esta catarsis pública, tal vez para encontrar eco en mis elucubraciones o para inducir a una excitación malsana a algún lector desprevenido. Aquí seis ejemplos de retorcida arrechura o de extraños objetos arrechísticos (tres nacionales y tres extranjeros). Que alguien me perdone (si cabe esta petición):

 
 
Escríbenos a lapsus@email.com
 

Sujeto en evidente proceso de arrechura



Mostración de desnudez sin ápice de roche


Paris Hilton
Encuentro execrable excitarse con la humanidad de Paris Hilton, no sólo por su poquedad física sino por lo que ella representa para una persona como yo: lo diametralmente opuesto a lo que siempre he aspirado ser. Ella encarna la futilidad de lo superficial, el lado más obscuro del consumismo capitalista. Es un lamentable producto del sistema occidental que pasea su frivolidad por el mundo y hace gala de ello, pero así y todo, me arrecha. A pesar de su anoréxica figura, la Hilton es una perra ricachona colchonable para todo el jet-set internacional. Han podido subvertir mi mente los videos de ella tirando con un ex novio, sus coqueteos a la cámara y sus escándalos mediáticos. Muestra cuando puede, su escasa carne y pasea su ánimo calienta huevos por doquier. Tal vez sea ese sexual modo de ser o la hipótesis de que si yo tuviera dinero me estaría disponible, lo que me atrae hacia su figura, ¡y ni siquiera tiene bonito rostro!. Tal vez ella representa lo que en el fondo sí quiero ser y por frustración desprecio, o tal vez soy adicto a las mujeres fáciles cuya promiscuidad depende del tamaño de una cuenta bancaria o un ranking de fama. La deseo y me parece insoportable.

Rosa María Palacios

Una noche viendo “Prensa Libre” descubrí para mi asombro que la Sra. Palacios me arrechaba de un modo animal. Tal vez por sus mohines hacia la cámara, sus muequitas coquetas y vivarachas, o de repente por algo peor: su inteligencia. Fatal para mí ya que soy un inmaduro confeso y siempre creí que sólo me excitaría de las mujeres sus atributos físicos o calidad corpórea; nunca sospeché que intelectualmente alguien me podría estimular, eso —me decía un amigo— es signo de madurez. ¡No!, reniego de esa madurez que me hace ver en Rosa María Palacios McBride algo más allá de sus formas. Ella debe estar en las antípodas de lo que siempre me ha gustado de una fémina, aunque conserva ciertos valores aislados que podrían colaborar a esta especie de obsesión: sus ojos verdes, su nívea piel, sus pequitas en el pecho (no hay pituca* limeña que se respete que no ostente pecas en el pecho, hombros o espalda), su línea intertetal, entre otras cosas. Pero me avergüenza mucho sentir deseo por una persona mayor como ella, y cuyo hálito maternal y sacrosanto es flagrante; porque a veces también la he odiado cuando repite sus discursitos moralistas y católicos, y abandona la suspicacia por la cucufatería más ramplona. Tal vez extraño a mi mami, y quiero teta. Tal vez es el inicio de mi camino hacia la gerontofilia (¡!).
Hilary Duff
No solamente porque siempre me han gustado las líneas delgadas me sorprende estimularme visualmente con la robusta blonda Hilary Duff, sino porque tengo cierta culpa pecaminosa ya que la he visto muchas veces pre púber en la serie “Lizzie McGuire”. Estos coqueteos paidofílicos los explico más abajo, por ahora, puedo decir que encuentro en Hilary Duff la sencillez de una hija de vecino, una rubiecita rechoncha que sabe de su negocio, ¿dónde está entonces su valor agregado? Pues no lo sé, tal vez sea sólo debilidad ante las rubias (conocida flaqueza de muchas sociedades) o por haber sido testigo de la transformación de una pequeña adolescente en una robusta y coqueta mujer-objeto. También porque resulta estimulante la idea de pervertir su prédica santurrona: “soy una niña buena y educada con los valores norteamericanos”. ¡Aj!, maldita sea esa jugarreta comercial. Adivino que en esa potente anatomía hay un volcán inexplorado, y en nombre de la bellaca aguilucha estadounidense, habría que hacer estallar de placer a tan insigne representante del american dream. Arrechura antiimperialista.

Stephanie Cayo
¿Por qué avergonzarse de arrecharse con Stephanie Cayo? Nuevamente no es por lo que es, sino por lo que representa. Mi discurso izquierdoso encaja perfectamente para atribuirle a Stephanie la representación del lado frívolo de la sociedad peruana. Mayor aún cuando más crece (¡y que siga creciendo!), ya que se parece más a sus insoportables hermanas (Bárbara y Fiorella), afectadas apitucadas representantes del lado más plástico de la cultura limeña. Siempre existe en ellas cuando abren la boca, cierto desprecio por su localidad o contexto; y en ese sentido, prolongan el interminable juego del rompecabezas indescifrable que es la peruanidad. Por otro lado, nuevamente asaltan las ideas paidófilas al recordar a Stephanie como la dulce niña de novelas noventeras (¡Nobókov!), en ellas ella era la proyección de lo que ahora es: una hembra formidable, virginal, sobreprotegida y arribista. Su propio contexto la descalifica pero su increíble belleza atropella cualquier reparo, entonces, uno sucumbe ante su encanto plástico, ante la imagen de la fémina impoluta y ante el lado obscuro en cada uno, en donde se ambicionan cosas que no se tendrán jamás.

Emma Watson
Estoy preparado para recibir todos los insultos y condenas por la inclusión de niña tan bonita en este muestrario de mis aberraciones. Inmediatamente me tildarán de pedófilo y paidómano. Puede ser, pero en mi defensa elevo el argumento Nobokoviano: el poder de las nínfulas. Emma Watson es una nínfula mire por donde se le mire, y en ese sentido, son legítimas las ansiedades que pueda despertar en personas diez o más años mayores que ella, como el suscrito. Del dicho al hecho, en este caso, hay mucho trecho, pero las nínfulas se merecen un capítulo aparte y se necesita apertura mental para aceptar la fijación en estas niñas/mujeres que turban los sentidos. Emma tiene dos cualidades indispensables en una nínfula (como diría Denegri, también conocidas como ninfetas o ninfillas): la precariedad anatómica de una púber en proceso hormonal, y la imagen facial y gestual de una niña. Hay otros valores que nunca serán comprobables (al menos desde esta tribuna) indispensables también en una ninfeta: su olor y su capacidad provocativa. Emma ya va en camino de la adolescencia, pero su imagen de nínfula quedará en la retina de todos los proyectos de viejos verdes como yo. Lo sé, estoy en el límite de la legalidad, y tal vez por ello, me arrocho.

Pilar Freitas

¿Quién rayos es Pilar Freitas? Ella es una funcionaria del estado toledista (2001-2006) célebre por sus implicancias con la corrupción de turno. En palabras de una denuncia periodística: “La procuradora del Poder Judicial y del Ministerio de Justicia, María del Pilar Freitas Alvarado -sobrina del ministro de Trabajo, Jesús Alvarado- no solo cobra su sueldo por tan importante cargo, sino que además por ser vocal del tribunal del Osiptel. Como si esto fuera poco, percibe dietas extraordinarias por pertenecer a los directorios de las empresas estatales Enaco, Tans Perú y del Instituto de Radio y Televisión del Perú, y por presidir la Junta de Administración del Albergue Canevaro, fundación que depende del Ministerio de Justicia.”. Es decir, toda una zorra burocrática protegida por el manto corrupto del sistema, pero qué buena está, o mejor aún, qué buena se adivina que fue en sus años mozos (porque la base cuatro ya se nota). En sus declaraciones ha tenido el desparpajo de justificar sus innumerables sueldos con una soltura estupefaciente, coquetea a la cámara y listo. La vergüenza hacia su poder de atracción viene del orden moral, porque debería causar inmediata repugnancia y condena una funcionaria de esas cualidades, pero su otrora ricura adormecen el nervio ético, atizan los ánimos sádicos y uno desea hacer justicia por propia cuenta, condenándola a un suplicio sexual de larga duración. Crimen y castigo.
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* Pituca
: En el Perú y sobre todo en su capital, se le denomina pituca o pituco al representante de un sector económicamente solvente de la sociedad. Rasgos característicos del pituco/a son: su afectación al hablar, el consumismo, la frivolidad, la alienación, las limitaciones intelectuales y el desprecio por el resto de sectores sociales. Cosa curiosa, siendo el Perú un país profundamente racista, los/las pitucos/as regularmente se agrupan en sectores étnicos de ascendencia anglosajona o blanca. El progresivo mestizaje en el Perú hace que ello ya no sea una condición
sine qua non del pituco, pero hasta hace unos 20 años, era la regla. También suelen acaparar o delimitar sectores excluyentes dentro de la urbe citadina: zonas de viviendas aisladas o de acceso privado, lugares de esparcimiento y reunión en los que se prohíbe el ingreso o libre tránsito de otros componentes sociales (que resultan ser la mayoría), etc. Se puede hablar de una “cultura pituca” que ha sido rápidamente copiada y adaptada a otras esferas sociales que emulan e imitan las afectaciones lingüísticas, la moda, el look, etc. De allí que se puede hablar de muchas clases de “pituquería”: el pituco legítimo, el apitucado, el pituco misio (económicamente inestable), el pituco de provincia, etc., y cómo no, “la pituca”, especie de mujer inalcanzable para el vulgo que representa “lo que se quiere ser o tener”, en una sociedad cuya identidad es prácticamente un gas inasible.


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