h o m e n a j e En Europa, precisamente en Alemania, aún el expresionismo alemán mantenía vigencia y uno de sus directores más importantes, G. W. Pabst convoca a Louise para el filme “Pandora’s Box” (La Caja de Pandora, 1928), pasando por alto a muchas aspirantes al papel y concediéndolo a la Brooks por todo lo que había demostrado en EEUU. En fin, la película fue un suceso (y un escándalo) y en general, toda su carrera europea. Tal vez por ello Louise decide reconciliarse con EEUU y tras algunas películas más retorna para ver qué pasaba, además, el cine sonoro también se imponía por esos lares y ya no tenía caso seguir resistiéndose a la modernidad. Imagino que su sorpresa fue grande al encontrar todas las puertas cerradas. No solamente por su reputación de rebelde previa a su partida sino por una nueva y más escandalosa: sus papeles en Europa, tan proclives a lo erótico y lúbrico fueron herramientas para descalificarla como actriz (¡a la Brooks!), y empezaron a hablar pestes de ella, desde su afición al licor hasta decir que no servía para el cine sonoro ya que tenía una voz fea (cosa que por supuesto, era una burda mentira). Louise entonces, se vio en las listas negras de todos los estudios cinematográficos, y en aquella época recordemos, sí había listas negras. La pacata sociedad norteamericana le había dado la espalda, el anterior espacio en donde había triunfado ahora le decía: “No te queremos aquí. Vete”. Louise, por supuesto, con tamaña personalidad soportó estoicamente la marginación. Cometió el error de aceptar algunos papeles ínfimos en películas de serie B y de humillarse a manera de expiación por su vida loca y sus rebeldías, pero en 1938 no pudo más y mandó al imperio hollywoodense a la mierda (como debía de ser) y se retiró definitivamente de la industria. Volvió a Wichita, su ciudad natal, pero luego decide afincarse en New York, en donde hace cualquier cosa menos cine: trabaja en una tienda de departamentos (los almacenes Sacks) y amante de la noche como era, se prestaba como compañía contratada de tipos millonarios (no confundir con meretricio, aunque conociendo a la Brooks, quién sabe, algunos polvazos se habrá echado). Inquietante, guapísima e inteligente como era, casi fue un crimen que la industria la obviara pero así es la vida de los grandes, siempre empedrada de circunstancias que los someten a todo tipo de pruebas. Fue sólo hasta una década después cuando ya vivía en un saludable anonimato, que fue redescubierta por unos investigadores franceses y tiene un renacimiento para la industria pero en el campo de la crítica. Su erudición en esa y muchas materias le valieron el reentré y el reconocimiento tardío de Hollywood. Fuck them all. I m p o n i e n d o · e s t i l o Oscar Wilde decía: “Si hubiera puesto el mismo talento en mi obra que el que puse en mi manera de vivir, hubiera sido un escritor inalcanzable”. Aquella frase me recuerda mucho al modo de ser de Louise Brooks, incluso siendo tan brillante para la actuación impuso siempre mayor notoriedad fuera de los estudios, porque sus talentos eran tan desbordantes que un filme o una historia le quedaban pequeños, ella quería trastocarlo todo, redefinir la vida, la sociedad, los patrones de toda una era. Esa era Louise Brooks. Ciertamente su biografía y su talante la hicieron como era: una fuera de serie, una mujer adelantadísima a su tiempo (anacronía existencial típica en los genios). A los 15 años, luego de demostrar largas dotes para el arte, logra un cupo en la compañía de danza moderna de la escuela Denishaw, con reconocidos bailarines y danzantes de la época. Se muda a New York para abrirse campo en la escena artística y poco a poco, despliega su personalidad indómita, autónoma. Ello le trae problemas (siempre su carácter la meterá en problemas) hasta que sus maestros no pueden más y la expulsan de la compañía. Afuera. Felizmente, gracias a unos conocidos (era una chica sociable, después de todo, atractiva por su belleza y su basta cultura) logra colocarse como bailarina en las Zeigfield Follies de Broadway. Allí, fue reclutada por la Paramount, y ese fue el inicio de una de las carreras más influyentes en la historia del cine. En 1925 rueda su primer filme: “The Street of Forgotten Men”, luego logra protagónicos en diversas comedias. En 1928 filma “A Girl In Every Port” en el que su papel de vampiresa le hace bastante conocida incluso en Europa. Finalmente llega “Beggars of Life” (1928) haciendo de una chica de pueblo que luego de ser abusada sexualmente escapa con dos malevos a recorrer el mundo en tren. Su estilo de actuación causa impacto ya que se opone notoriamente a la sobreactuación o teatralismo típico del cine mudo, lo de ella es más bien mínima gestualidad y control total sobre sus movimientos. A este estilo de actuación se le llama “naturalismo” y ella es la mejor en eso, hace los papeles más creíbles y su anatomía y características faciales la hacen inigualable. Con el tiempo, esa actuación ha sido considerada como una de las mejores en el cine mudo, sino la mejor. Para este momento, su fama se incrementa notablemente, su peinado marcaba época y era imitado por sendas mujeres. Si la observan bien, Louise Brooks es la imagen de los 20, ¡no hay otra! Entonces sus correrías nocturnas empiezan a cimentar su fama. Vivía en el hotel Algonquin, cuna y meca de la bohemia neoyorquina de la época en la que conoce y establece vínculos con pintores y escritores de la época, únicos interlocutores a la altura de esta diva que se aburría demasiado en los lujosos cócteles a donde asistía ya que, o intimidaba a los hombres o no soportaba sus cortedades intelectuales. De aquellas épocas son sus primeros escándalos, sus sendos amantes, su lenguaraz manera de ser que dejaba boquiabiertos a directores de cine y chicos bien de la sociedad norteamericana. EEUU le quedaba chico, eso fue, y por ello y por lo explicado con la irrupción del sonido cinematográfico es que se manda a mudar para Europa. |
“Pandora’s Box” (1928) causa un revuelo mayúsculo en Alemania y en general, en toda el viejo continente. Incluso fue censurada en EEUU (para variar) al considerar el filme demasiado sexual y explícito. En él, Louise interpreta a Lulú, una vampiresa (otra más, nótese que la expresión “vampiresa” con la que luego se conocen a las mujeres con muchos amantes o de una sexualidad explícita viene de estos papeles y estas películas) que va arrastrando a la perdición a todos los hombres que se cruzan en su camino, finales trágicos que tienen una justa expiación en el propio final trágico del Lulú: es asesinada por Jack el Destripador. Ese papel la convierte en un mito, incluso en la pionera de un estilo cinematográfico porque por primera vez en la historia del cine se insinúa una relación lésbica (un tabú en aquellos años). Lulú, en la peli, es amante, adúltera y prostituta, echando por tierra todos los valores de la formal sociedad alemana. Una actuación memorable. Sino era ella, ¿quién lo hubiera hecho? (se dice que la Dietrich puso el grito en el cielo por perderse el rol).
Luego llegarían “Diary of a Lost Girl” (1929, vaya título) y “Prix de Beaute” (1930) en Francia. Esta trilogía de películas fueron censuradas en varios países al considerarlas muy explícitas; mejor dicho, muy maleadas. Como fueron filmadas en técnica muda, el advenimiento del cine sonoro ayudó a fondearlas y a esconderlas en archivos. Cómo es la vida. Veinte años después todos estos filmes fueron sacados de los sótanos del olvido y se redescubre a la Brooks como auténtico icono del cine. En los 50, historiadores del cine francés exponen una retrospectiva del cine mudo y la figura de Louise brilla por sobre todas las cosas. La historia la puso a la altura de divas como Marlene Dietrich y Greta Garbo, incluso, en opinión de muchos, es superior a ellas. Es por ello que se esfuerzan por buscarla y la hallan, casi anónima, en la ciudad de New York. Allí reinicia sus oficios en el cine ya no como actriz sino como cronista del cine mudo y como crítica, volviendo a ganarse el respeto de toda la industria. Tal vez sean injustas esas circunstancias pero fue lo que le tocó vivir a Louise. En todos lados se cuecen habas.
Y o · s o y · l a · O r q u í d e a · N e g r a
Gracias a su reputación se ganó el apodo de “Orquídea Negra” en sus años de brío en Hollywood. Nunca tan bien puesto un sobrenombre. Eso era ella, una flor negra, maldita, obscura, pero irresistible, venenosa, obsesionante. Su liberalismo sexual la proscribió de los círculos chic de la sociedad estadounidense (hipócritas de doble moral los gringos, como los peruanos). Desde niña, su vida sexual marcó su existencia. A los 9 años, cuentan sus biógrafos, fue iniciada sexualmente por un trabajador de su casa en Wichita, el Sr. Flowers, pintor de brocha gorda que se lió con ella en circunstancias no esclarecidas. Parece evidente que el sujeto abusó de la menor pero algunas versiones narran que su misma madre se ponía del lado del pintor ya que según ella, Louise no paraba de provocarlo, ¿habrá sido eso posible? Eso sí, es evidente que Louise era una nínfula. No hay duda.
Del mismo modo, a los 14 años se enredó con un tipo casado que la tomó por amante. Ella misma se refirió a él mucho tiempo después como uno de sus “corruptores” iniciáticos. No sé si en efecto, la corrompieron, lo cierto es que despertaron en ella su talante sexual, tal vez de un modo exacerbado. Contribuyó a ello, definitivamente, su precocidad intelectual. Su padre, gran lector y coleccionista de libros, le proporcionó todo un abanico de conocimientos cuyo privilegio también fue una maldición para una mujer de aquella época, en las que el mundo femenino era reducido a ser un adorno o una compañía y se le otorgaba a los hombres la preeminencia en todos los campos intelectuales. Pero ella, siendo adolescente, ya conocía muy bien a Dickens, Thackeray, Carlye, Darwin, Emerson, Twain, y sobre todo a Goethe, su favorito. Chúpense esa.
Por ello al mudarse a New York en busca de su destino (tanto la frase como la acción son un cliché) no soporta mucho tiempo ser un adorno en las fiestas de lujo en donde sólo se sentía interesada por tipos como Aldous Huxley (un intelectual reconocido en aquella época); y se muda al hotel de artistas que mencionamos anteriormente. Imagínense ese escenario: la Brooks con su infinita belleza, talento y sabiduría entre bohemios y artistas de aquellos años; qué otra cosa podemos suponer sino juergas, desenfreno, autodestrucción, exceso. En 1925 conoció a otro loco: Charles Chaplin, y naturalmente, ambos animales se reconocieron ipso facto. Se dice que es famosa la encerrona de dos meses que ambos perpetraron en el Hotel Ambassador de New York junto con otra pareja. Dos meses de sexo, drogas, alcohol, bohemia, happenings artísticos, shows improvisados de baile, actuación, conciertos espontáneos de piano, etc., etc. Me la perdí. Estuvo casada, también, con el director Eddie Shutterland, pero el matrimonio duró poco. Es que ella era indomesticable, demasiado para cualquier mortal.
Contrario a lo que muchos creen, su estilo de peinado no fue algo premeditado, simplemente era su forma de llevar el cabello y vaya que marcó época. A lo largo de la historia ese peinado ha sido imitado por innumerables actrices y personas (recuerden a Isabella Rosellini, por ejemplo) y las emulaciones a su corte de pelo siguen hasta hoy, se convirtió en el arquetipo estético de toda una época. Igualmente impuso lo que hoy se conoce como sex appeal, desconocido en aquella época y que es la cualidad de hipnotizar en pantalla a través de un atractivo que tiene componentes sexuales, algo raro, ese no-sé-qué que sólo unas cuantas y cuantos tienen. La Brooks tenía demasiado.
Un espíritu libre, eso era ella. Decidía cosas autónomamente, como por ejemplo, jamás sonreír en las fotos si es que no le apetecía, por eso es que en la mayoría de retratos aparece con un semblante adusto, a veces triste y de todas formas, enigmático. Eso es imponer un estilo, ¿por qué sonreír si no me da la gana? Louise Brooks, genio y figura hasta la sepultura, jolgorio ecuménico que andará armando desde agosto de 1985 cuando una falla cardiaca se la llevó de este mundo. Danzó con el alcohol y la irreverencia toda su vida, apabulló modismos, se sentó en las convenciones, irrumpió en el mundo como le dio la gana. Por más que uno busque, no encontrará parangón, las rebeldes de hoy no le llegan ni a los zapatos. Ella está en el parnaso de insignes iconoclastas junto a otros pocos, poquísimos. Poco más de 100 años después de su nacimiento podemos decir que aún tenemos que recobrarla, una y otra vez, para aprender de su carácter, su estampa y su única manera de afrontar la puta vida: con ímpetu.•

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![]() La refinada estampa de la Brooks ![]() La imagen de los 20 jamás sonríe ![]() La femme fatale de Pabst |
Louise en "La Caja de Pandora" (Alemania, 1928), su rostro de expresión descansada, bello, obsesionante. GW Pabst no se equivocó al darle el papel. Su estilo de peinado marcó época y su poder sobre los hombres, tanto dentro como fuera de la pantalla, también. Esta es su película más renombrada (y censurada). |
Extractos de "Diary of a Lost Girl" (Alemania, 1929) también de GW Pabst, en un papel que incluso coquetea con la androgenia o la trasposición de géneros. Otro escándalo para la época. Su porte y belleza se distingue sobre el resto, como debe ser en una estrella. La música del video es de Mildred Bailey. |
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